El primer recuerdo de la infancia de Ngozi Chukwu es el de escribir una canción en su balcón. Estaba en su primer año de secundaria, tendría unos 11 o 12 años. Se había mudado a una nueva escuela y lo estaba pasando fatal. Así que volvió a casa y escribió. La canción tenía un ritmo al estilo de Hannah Montana. Todavía la tiene en la cabeza.
Años después, ganaría varios premios de escritura en un campamento de verano de una compañía petrolera. Pero jamás imaginó que se dedicaría a los medios de comunicación.
“Para mí, escribir, poemas, composiciones, ensayos, era algo natural”, dice. “Así que pensaba que lo más difícil era la ciencia, la ingeniería”.
Estudió ingeniería electrónica en la Universidad de Nigeria, Nsukka, estado de Enugu, una de las principales universidades federales de Nigeria.
Cuando la ingeniería mató la alegría
Chukwu había empezado la universidad con mucha ilusión. Luego llegó su primera clase de laboratorio, y fue terrible para ella.
“Para mí era obvio que este laboratorio no era para 2013”, dice. “No teníamos espacio para respirar. No puedo explicarles lo mucho que me desanimé. Abandoné los estudios”.
Ahí es donde, según ella, perdió el entusiasmo. No la alegría de aprender, sino la alegría de las clases, de la escuela, de la estructura que creía que la guiaría. En cambio, empezó a pasar tiempo en la facultad de arte y se interesó por el impacto social. Se ofreció como voluntaria para redactar solicitudes de subvención para una organización no gubernamental (ONG).
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